miércoles, 7 de septiembre de 2016

Historia de un trabajador no reconocido



De Viviana Raquel Mendoza


Me presento soy Viviana testigo circunstancial en primera instancia y testigo voluntaria en segunda instancias de la historia que les voy a narrar a partir de ahora mismo.

La historia de Héctor,  un  trabajador que quiso ser y no dejaron, una dramática vivencia que toco mi sensibilidad y de seguro las suyas propias.

Pero antes de sumirlos de lleno a la historia que deseo compartirles, conozcamos un poquito más a nuestro protagonista.


Biografía de “Héctor “un hombre de vocación incierta.


Desde temprana edad, próximo a los 16 años a principio de los 80,  comenzó a trabajar, como se acostumbraba por entonces.

Su vida laboral comienza, cuando consiguió un trabajo de cadete en una farmacia (Farmacia Irigoyen) por la necesidad de tener su propio dinero, pues como todo adolescente, quería comprarse ropa y tener soltura para salir con sus amigos.

En consecuencia dejo sus estudios cursando el cuarto año (hecho del que se arrepentiría toda su vida).

También trabajo en un taller de baterías (en donde comprobó lo horrible de un trabajo insalubre y mal rentado).

Vendedor de libros (gastando suelas de zapatos por dos pesos al día, allí pudo comprobar lo que es transpirar la camiseta).

Y además, todo tipo de trabajo  que suelen  hacer  los jóvenes.

A los 18 años le toco la colimba y se enamoro de esa carrera pero no pudo continuar no sé por qué razón (éste hecho le producirá congoja durante todo el transcurso de su edad adulta).

Hasta que a los 20 años tuvo la suerte de entrar a trabajar en la empresa provincial de la energía (EPE) gracias a su padre que trabajaba en la misma.

Aquí si comienza el camino que nos conducirá a hacia un final feliz o tan solo más correcto y deseado.

Héctor estaba de novio y al poco tiempo se caso y alquilo una casa para estar con su esposa.

Luego, alquilo en otros lugares de aquí Santa Fe , lo trasladaron a Santa Rosa de Calchines , también a San Jerónimo Sur llevándose a su familia, incluso estuvo en Sauce Viejo, pero nunca lo conformaba ningún lugar.

Él nunca pudo ser feliz con lo que lograba.

Compraba y vendía sus casas sin poder terminarlas a gusto, así también con sus autos.
Incluso por menor valor de lo que las adquiría, casi como si deseará su propio fracaso.

Él siempre se ha quejado  porque sus jefes son o más jóvenes o menos capaces, sin embargo jamás tomó consciencia de que debía terminar los estudios, ya que nunca lo ascenderían sin ellos  logrados,
anulando toda posibilidad de lograr su puesto tan deseado el de ser jefe.

En todo este tiempo tuvo dos hijos varones,  ellos ya son mayores de edad, su mujer solidariamente lo acompaño en todo lo que él quiso, pero obsesionado por su mal pasar no la pudo valorar a tiempo y luego de tantos años de matrimonio sobrevino el divorcio.

Yo creo que Héctor nunca encontró su vocación, que nunca vio todo lo que su mujer lo acompaño ni el sufrimiento de sus hijos.

Hoy se encuentra  en una situación ni deseada ni esperada, sigue trabajando en el mismo lugar y hace poco abrió un puesto de choripan con su actual pareja (creyendo que con ello compensará todo lo perdido casi por arte de magia).

A mi parecer,  él tendría que haber terminado la secundaria y comprado una casa para arreglarla a su manera, disfrutado de sus hijos y agradecerle a su mujer por acompañarlo y estar a su lado compartiendo con ella su proyecto de vida, pero como nunca lo “hizo”.

Hoy se encuentra con una pareja casual con hijos, que no son sus hijos,  con una familia que no es su familia, sobre la cual no tiene control y debe financiar.

Este hombre nunca se sentó a pensar  que realmente quería de su vida, o “sí lo hizo” no se arriesgo.
Tampoco comprendió los procesos que llevan a uno en general a lograr estabilidad crecimiento y éxito.

Es como si soñará o esperará que la vida le obsequié su destino soñado, en vez de construirlo a su manera y tiempos, de acuerdo a las posibilidades ciertas que le concede la vida, de acuerdo a sus propios meritos y esfuerzos.

Héctor peco de orgullo, de ansiedad, perdido en sus caprichos y egoísmos, cegado en ambiciones no consecuentes con sus esfuerzos y meritos.

Héctor posee enorme caudal de energías, él es una buena persona, una persona común como todos nosotros, un ser humano más del montón.

La vida posee sus tiempos y ciclos, sus reglas y procesos, sus trampas, sus laberintos, sus dilemas, y sobre todo sus pruebas, de las cuales ninguno podemos escapar sin aprobarlas correctamente.

Es difícil que trabajo y vocación converjan siempre a unísono deseo, sino todos viviríamos la panacea de la felicidad.

Sin embargo es nuestro sentir y deseo logarlo, entonces solo nos queda intentar lograr el equilibrio dinámico e inestable entre estas dos fuerzas e ideales la más de las veces opuestos e incongruentes.

Sin embargo
…todo esto no podía ser tan simple y directo debía haber un trasfondo que me permitiera indagar más sobre los sufrimientos de este ser, de los padecimientos familiares y frustraciones personales.

Así que empecé a investigar más, a buscar testigos  más antiguos y cercanos, utilice todas las fuentes a mi alcance incluso convertí a Héctor en su propio testigo sin él saberlo

Obvio que  trabaja en blanco y muy bien remunerado, sin embargo, no le respetan ni respetaban sus descansos, ya que siempre es y fue el más capacitado, así que sus jefes lo llaman continuamente para que le resuelva los problemas que se presentan y los demás trabajadores no están en condiciones de hacerlo.

Antes trabajaba en la calle pero ahora está en los controles, como solución al abuso de sus jefes él pensó en pedir traslados, los cuales fue logrando, pero en cada nueva área era lo mismo, al ser el más servicial, disponible y capacitado, era y es el más buscado por sus jefes, dándole más responsabilidad de la necesaria para una sola persona.

Él se siente y sintió frustrado porque es muy capaz, pero por no haber terminado el secundario no lo pudieron ni pueden ascender a jefe , su capacitación le ha servido para trabajar más y los otros sin tener sus conocimientos cobran igual o más que él sin hacer mucho, eso lo frustra y frustro mucho a Héctor.

Es decir en la empresa no existe un sistema de premios y castigos acordes para mantener el correcto orden funcional y de responsabilidad.

Mientras él trabaja y trabaja dejando muchas veces su familia de lado, lo demás faltan, llegan en estado de embriaguez, o acompañados hasta de chicas de la noche a la oficina, o simplemente no saben qué hacer.

Ahora si siento que estoy en contacto con la verdad,  he visto de cerca su frustración  su disconformidad  hasta comprendo porque se ha enfermado emocionalmente, psicológicamente e incluso físicamente a consecuencia de ello.

Puedo entender como fue  con el tiempo  desarrollando un sentimiento de impotencia e injusticia, que lo fue consumiendo internamente, hoy parece un hombre abatido desgastado, carente de perspectivas.

Seguramente victima de sus propios errores, a veces de los errores de otros, tal vez sea su destino o capricho divino.

Pero no puedo menos que solidarizarme con él porque he visto su enorme capacidad de trabajo, que no ha sido correspondida por su contra parte la empresa.


Me está  pasando algo extraño ya no me siento testigo, ya empiezo a creerme parte de la historia como si tuviera un deber o una necesidad de hacer algo con todo esto, ya no me sirve solo contar su historia, debo tener el poder y la capacidad de convertir todo esto en algo útil y con un sentido profundo, debo reciclar a Héctor y salvar su vida.

¿Pero cómo hacerlo, por dónde empezar?

Como sociedad nos quejamos de los malos desempeños de los empleados públicos y funcionarios, y que sin embargo, cuando encontramos uno que cumple con su vocación, o solo la obligación de bien hacer, lo descuidamos, sin importarnos que pase con aquella persona y nuestra desaprehensión respecto de ella y su verdadero bienestar.

Es decir lo enfermamos, lo frustramos creando en una especie de profecía autocumplida de mal trabajador, pero somos nosotros esta verdadera máquina malvada que transforma buenas personas en desperdicios sociales, en híbridos alienados.

Debo cortar de raíz éste proceso maligno y erróneo.

Debo hacerlo sin que nadie se dé cuenta, debe ser un proceso natural.

Eureka, lo hare sin espadas ni batallas, lo hare en la armonía de los susurros, en ordenes imbrincadas, de la sugerencia dócil y los gestos dulces de la amabilidad.

Retomare cada acción noble, cada momento de riesgo, cada carga de responsabilidad que asumió este trabajador por los nosotros.

Las batallas que dio desde una trinchera cambiando cables subterráneos.

Los riesgos que tomo en medio de las noches de invierno subido a un poste mientras las gélidas ráfagas de lluvia intensa golpeaban su rostro mientras arreglaba cables caídos por la vorágine desenfrenada de las tormentas, entre rayos y centellas.

O tal vez por las responsabilidades asumidas, cuando en sus manos en sus tableros debía decidir que parte de la ciudad debía quedarse sin luz o no, si debía y no bajar aquel interruptor que dejaría a tantas familias inconformes.

Aquel al fin de cuentas no es un hombre, aquel a fin de cuentas es un súper hombre, tan solo que él ni nosotros lo sabemos.

Quizás deba decírselo, pero si no acierto, como saber las consecuencias de dar tal información.
Entre te y te y una metralla de bombones de chocolates decidí asumir la responsabilidad, le diré quién es él en verdad, debe saberlo.

Aquí estamos al borde de la laguna, él yo y el horizonte sobre el agua, se lo digo sin más, un silencio, miradas cómplices, un brillo en sus ojos, una verdad que fluye, una intuición confirmada, una paz en el alma, alguien más sabia su secreto intuido.

A partir de ahora Héctor solo sería la denominación de aquel ser que ya no sufriría su trabajo, porque ya no trabajaría sino que prestaría un servicio vital a la sociedad.

Ese sería por siempre nuestro secreto.

Y Uds., mientras disfrutan de la comodidad de sus casas climatizadas, iluminadas, sus tv 50 pulgadas, y todo tipo de artefactos tecnológicos, sepan quién está detrás de garantizar tal vital suministro indispensable a nuestras vidas.

Y cuando vallan por las calles y lo vean vestido en azules ropas como el cielo de tormenta, adornado en amarillo solar en poderosas líneas como rayos en el cielo.

Sabrán que es él y sino no es él seguro será uno de su especie, solo saluden sin preguntar.
Fin!













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